Los encargados de manejar la estación de Trasmilenio de la Universidad Nacional por la carrera 30 (obvio, la de la calle 26 debería estar funcionando desde hace años pero por alguna razón sobrenatural las obras no se han podido completar) tienen un serio problema de, cómo lo llamaríamos, sentido común. Durante las horas en que no hay mucha congestión, esto es, durante las horas cercanas al medio día, cuando sólo cerca de la mitad de los pasajeros en uno de esos buses rojos viaja de pie, no hay demasiado problema y el acceso a la estación es, por llamarlo de algún modo, comparativamente descongestionado. Sin embargo en las horas pico, las más neurálgicas para el transporte de la capital, un problema de logística surge de entre las incompetentes mentes de quienes decidieron la forma en que los peatones y futuros pasajeros deben entrar a la estación.
Estoy hablando de la entrada sur, la que queda más cercana a la puerta central de la Universidad, y la que es más congestionada. La entrada sur de la estación consiste, como muchas otras entradas a lo largo del sistema, de un puente metálico (cuyo piso se encuentra en decadencia, doblado y hundido a causa de las bandadas de estudiantes que diariamente tratan de huir del campus), una caseta para comprar pasajes hacia el lado derecho de la entrada y más adelante, tres ruedas giratorias de cerca de un metro de alto, para que los pasajeros presenten su tarjeta (previamente comprada en la caseta o adquirida con anterioridad) y así puedan acceder al sistema que los llevará a sus respectivos destinos rápida, limpia y cómoda y económicamente.
Ahora bien, como todos sabemos, en Colombia se tiene la costumbre de manejar por la derecha, andar por la derecha, incluso gobernar por la derecha. El hecho de que algunos vivos intenten hacer lo contrario (me refiero a lo de manejar, claro) no implica que el clima general del país sea siniestro. Por otro lado, es totalmente comprensible que a una hora tan crítica como, digamos, las 6 de la tarde, cuando filas que se toman la mitad del puente de acceso se forman y, relativamente hablando, es poca la gente que sale de la estación, dos de las ruedas giratorias sean dedicadas para ingreso mientras que la otra restante se utilice para que los ex-pasajeros salgan, con sus corazones rotos por dejar atrás tan buen servicio, del sistema.
Teniendo en cuenta esos dos puntos, lo lógico sería que se respetase el statu quo y tanto pasajeros que salen como los que entran lo hicieran por sus respectivas derechas. Lamentablemente la realidad es la contraria, y a los pasajeros que salen de la estación sólo se les permite salir por la izquierda, es decir la salida/entrada más cercana a la caseta de tiquetería, y a los pasajeros que van a comenzar su trayecto sólo se les tiene permitido entrar a la estación también por su izquierda. Esto no tiene sentido.
Cuando uno va a salir de la estación la lógica le dicta que camine por la derecha, pero se encuentra con que todo el mundo está entrando por donde uno pensaba salir. Luego se percata de un agente, normalmente policía bachiller, a quien le asignan la infausta tarea de gritar, apercollado por las axilas, cabezas y torsos de quienes entran y salen, “salida por acá por favor”. Parece ser que el desafortunado cristiano no cumple a cabalidad con su tarea y algunos, haciendo uso de la lógica nacional (la de la pereza), intentan entrar a la estación por el lado más cercano a la caseta. Se encuentran entonces con un servidor que va de salida, y con varias docenas más adelante y atrás de él, en una fila india difícil de ver en el caos capitalino en cualquier otra situación. Sus caras de frustración dado que llevan varios minutos esperando un huequito por donde colarse con evidentes.
Una vez afuera de la estación, es decir, una vez se cumple que para volver a tomar un bus articulado tendría que pagar otro pasaje, uno se encuentra con una masa de gente que trata de ingresar, y que uno tiene que atravesar para poder acomodarse y andar por el lado derecho (¡como debieron ser las cosas desde un principio!). Esta faena normalmente supone manoseada, maleta trabada entre las espaldas o hombros de dos compañeros de penurias y olida de extraños aromas, entre otros. Todo por unos módicos 1 750 pesares.

El lunes pasado terminó ArtBO, la feria y exposición de arte realizada en Corferias, en Bogotá. Por cuatro días los bogotanos tuvimos la oportunidad de deleitarnos con las muestras de expresiones artísticas audiovisuales de todas partes del mundo; se nos dio el camino al disfrute por nuestra parte de cuadros, esculturas, proyecciones y demás suerte de cosas artísticas enriquecedoras del ego de nuestro intelecto. Yo estuve allí, y vi con curiosidad arrasadora las caras perplejas de las personas contemplando las obras colgadas en las paredes blancas. Luego me miré a mí mismo, con mi cámara en el cuello, tomado de la mano de María, ella también con su cámara al cuello; poniendo mi cuerpo en posiciones ridículas y sórdidas para captar una instantánea. ¿Seré yo de aquel tipo de gente, parte de aquellos individuos que se sienten atraídos por la sola posibilidad de mostrarse como “intelectuales”, exhibiendo su caras hipnotizadas al frente de dibujos sobre los que no entienden absolutamente nada, pero que aún así esperan que los que las observan creen que sí lo hacen?
Al salir de Corferias tomamos un taxi y el conductor me pareció una persona curiosa: pocos segundos después de subirnos a su vehículo yo estaba seguro de que nos iba a drogar y quitar algún órgano; eso lo pensé por la forma de su cara (lo siento, hay gente que definitivamente tiene cara de crápula y ahí no hay nada que hacer). Sin embargo me sorprendió cuando preguntó con una amabilidad muy rara en su gremio acerca de nuestro destino. Le di las instrucciones, que más que instrucciones eran el lugar, tratando de ser igual de amable y tragándome mi orgullo por haber juzgado a priori. Arrancó y yo no podía dejar de observarlo. Al voltear por la calle que va pegada a Corferias sus ojos se sumieron en los espacios del pabellón principal de la feria, en los estantes protegidos por los vidrios de la fachada, en la gente que caminaba perezosamente entre los cuadros; como si él mismo se muriese por estar ahí adentro, pero sus prioridades estuvieran por otro lado. Decidí quedarme con esa imagen del conductor, apoyada por su amabilidad.
Al dejarnos en nuestro destino le pagamos y él dio las gracias, muy decentemente. Caí en cuenta entonces de que el hombre en realidad era un taxista culto, de esos que pocas veces se ven, normalmente entrados en años, bien vestidos, amables y que no corren demasiado. De esos viejos de la ciudad a los que les gusta leer, la buena comida, ir a una que otra exposición. O tal vez no, tal vez sólo era un taxista amable que se preguntaba de qué diablos iba todo ese revuelto en Corferias. En todo caso me cayó bien, y estuve incluso tentado a darle propina; no soy de los que da propina muy a menudo (mi condición de estudiante no me lo permite), y mucho menos a los taxistas, pero cuando tengo la posibilidad y el servicio se lo merece, no encuentro ningún problema; incluso me da rabia cuando alguien que puede niega la propina de un servicio bien prestado.
En cuanto a de qué diablos iba todo ese revuelto en Corferias, ArtBO cumplió con mis expectativas, y me hizo preguntarme el papel de la cultura en todos nosotros. El evento estaba plagado de extranjeros e individuos pertenecientes a los sectores más pujantes de la sociedad bogotana, que caminaban con lerdez por entre las galerías, comentando animosamente las obras expuestas, señalando, observando. Algunos definitivamente estaban allí por el orgullo de poder decir “estuve viendo arte el domingo”, otros tenían motivos más genuinos. Pero dejando de lado los motivos de la gente para asistir, llegué a la conclusión (de nuevo) de que el arte, y la cultura en general, son muy importantes en la vida de una sociedad que se llame a si misma civilizada. La entrada a artBO costaba quince mil pesos, siete mil para estudiantes, y el evento estuvo bastante decente, desde el humilde punto de vista de un servidor que poco o nada sabe de arte, hay que aclarar.
Aunque la mayor parte de las piezas artísticas se escapaban al dominio de las cosas sobre las que puedo tomar una opinión, algunas de ellas (las más básicas y las que recibirían más palos por parte de la crítica, tal vez) me parecieron simplemente brillantes y no pude evitar sentir cierto no se qué, no se dónde, al contemplarlas, o aplaudir mentalmente a su creador y proceder con las posiciones incómodas con la cámara fotográfica al frente de mi cara. Supongo que estas cosas son, como todo, cuestión de práctica, y entre más galerías y exposiciones visite, más atraído me sentiré hacia ciertos estilos o métodos, ciertos artistas, y lo que vendrá después, ciertos círculos sociales también. Vida intelectual, creo que la llaman. No me siento particularmente atraído por este sendero, siempre me ha parecido un ambiente algo denso y totalmente despojado de pragmatismo, pero las cosas pueden cambiar. De todas maneras, no es la única manera en que la cultura de manifiesta; personalmente, el teatro o la literatura me llaman un poco más la atención.
Esperemos que Petro cuide ese aspecto también.
Una galería con algunas de las fotos que tomé o que tomó María:

De todas las culturas que han pasado por la faz del planeta, la civilización occidental es la que más le ha infringido daño. La, inevitable por su misma naturaleza, falta de valores de sus esferas más altas la hacen blanco fácil del derroche y la desigualdad que tanto la caracterizan. Lo irónico del asunto es que, aún aunque el mundo entero conoce sus puntos flacos y sus inocultables errores de definición, no es secreto que la inmensa gran mayoría de países busca parecerse en la mayor medida posible a Occidente, aparentemente desconociendo (aunque en mi humilde opinión haciéndose los de oídos sordos) los aberrantes efectos colaterales de su implementación a nivel masivo.
Una cosa piensa el burro…
Si se hiciera una encuesta a nivel nacional se encontraría que la población colombiana se considera occidental. Claro, esto teniendo en cuenta que el colombiano promedio supiese acaso qué significa el término; el punto es que el conjunto de valores que nos rige no se diferencia mucho de el conjunto de valores que rige a los ciudadanos de los Estados Unidos o de Inglaterra. Tal vez nosotros añadimos un poco de importancia a la familia y la religión, y se la quitamos a los escrúpulos y el control de los instintos animales de supervivencia que heredamos de los simios, pero en últimas las diferencias no son demasiadas.
Lo más importante, nos encanta ser occidentales. Nos sentimos orgullosos cuando nos identificamos con situaciones ridículamente imposibles en la películas estadounidenses o cuando gastamos millones en un centro comercial; de alguna manera nos sentimos superiores cuando nos comemos una hamburguesa en un McDonald’s y vacíos si nos perdemos de los últimos chismes de la farándula, ya sea criolla o, mal llamada, internacional. Nos medimos por el número de pulgadas en las que disfrutamos en alta definición (ya quisiéramos) nuestras series y novelas favoritas o por el número de tarjetas crédito o débito que tenemos.
Y claro, como no, miramos con cierta desconfianza todo lo que no nos huela a occidente. La gran mayoría de países africanos simplemente son países muy pobres dirigidos por dictadores déspotas que explotan a sus pueblos, que tampoco es que valgan mucho el esfuerzo de un rescate, ya que son una plaga de tribus incivilizadas, desunidas y en guerra permanente la una con la otra, un par de leones y una que otra pirámide. El medio oriente está poblado por unos bárbaros asesinos terroristas que sólo creen en la realidad de su religión, y la totalidad de los habitantes del resto del continente asiático son chinitos o indiecitos, tan bonitos ellos, tan raras sus costumbres. En Oceanía hay koalas, canguros y algunas personas civilizadas; se sabe que son civilizadas porque hablan en inglés. La fuente de todo mal en las películas viene de Rusia, una tierra árida y fría de gente amante del vodka, las armas y las putas. Por cierto, decir Europa Oriental es lo mismo que decir Rusia, sólo que más triste. En cuanto a los polos, son campo de estudio para los científicos, por supuesto, de occidente.
Hacemos de los enemigos de la democracia y del capitalismo (y de los Estados Unidos de América) nuestros enemigos. Abrazamos gustosos los carros innecesariamente grandes y hacemos de los excesos nuestro estilo de vida particular. Vivimos en pos del dinero, justificamos el medio con el fin y juramos tener creencias religiosas, curiosa e inexplicablemente contradictorias con nuestras acciones diarias. Glorificamos nuestras tradiciones folclóricas de cuando en cuando, como para recordarnos a nosotros mismos que en algún momento de nuestra historia, hace tanto tiempo que no podemos o no queremos recordar, no hicimos parte de ese occidente vibrante, cuna de todo avance de la especie.
Sí, qué bien se siente ser occidental, qué bien se siente estar en la cima de la humanidad, sobre todos esos plebeyos casi totalmente inútiles y prescindibles. Qué lindas se ven las gigantescas estructuras enchapadas en vidrio en toda su fachada, adornando los centros económicos de nuestras modernas metrópolis, tan altas, tan poderosas. Qué hermosos centros comerciales visitan nuestros compatriotas, tan pulcros, tan llenos de productos finamente diseñados, pensados para suplir una siempre justa demanda. La mano invisible siempre está actuando y no tiene preferencias, no hay por qué preocuparnos. A los corruptos les llegará su justicia, ya sea acá en la tierra o por parte de una mano divina; de todas maneras si una cosa nos han enseñado en Hollywood es que en un mundo libre como el nuestro siempre hay justicia, el malo siempre paga.
En todo caso, lo bueno es que somos occidentales pero aún así no tenemos que preocuparnos por los riesgos que ocupan a las administraciones europeas y norteamericanas; nuestra occidentalidad es inofensiva, no le hacemos daño a nadie y nadie nos hace daño. Bastante conveniente, ¿no?
…y otra el que lo está enjalmando
Bueno, hay algunas malas noticias: no somos occidentales. Al menos la gigantesca gran mayoría. Aunque personalmente encuentro esa nueva mas buena que mala, puede ser un poco chocante para algunos allí con una mesa en KFC. No somos occidentales; y a esa conclusión llego después no de mirar nuestras costumbres y modos de actuar y de pensar, sino de darme cuenta de los pensamientos de los que el mundo llama occidentales acerca de este asunto. Allá no consideran que ni Colombia, ni Latinoamérica (con la excepción tal vez de México), hacen parte de esa élite. Para ellos, muchas veces occidente es un sinónimo de primer mundo. Sí, así es: Japón, viéndolo desde este no muy errado punto de vista, es más occidental que nosotros.
Cuando un occidental llega a Japón espera que el choque cultural sea menos drástico que cuando viene a Venezuela, Ecuador o Colombia, por ejemplo. Espera encontrar más comodidades, que el ambiente sea más parecido a aquel que tiene en su lugar de origen, que el modo de hacer las cosas, de comprar y de vender, de consumir, sea aquel que forjó al mundo durante los siglos pasados. Y ciertamente sus expectativas siempre van a ser satisfechas: no va a encontrar todo igual, pero por lo menos sí más familiar de lo que lo encontraría en un país como el nuestro. Colombia no hace parte de los países occidentales, por más que su posición geográfica diga lo contrario.
Antes de que alguien se confunda y me tome mal, todo esto no lo digo con ánimo agitador o de reproche. Sólo lo digo para que tratemos de aceptar que nuestra naturaleza no es ser occidentales; acá en este lado del mundo hacemos las cosas de una manera diferente, y las leyes y reglas que se aplican allá no tienen por qué ser válidas acá. Lo escribo como una advertencia un poco pretenciosa para que comprendamos que si seguimos tratando de serlo, si seguimos intentando parecernos a ellos, algún día lo lograremos.
La imagen pertenece a Ben Reierson quien la comparte bajo Creative Commons.

Atención: he redactado por lo menos cuatro veces este párrafo tratando de advertir del carácter personal de este post. Está intentado para que un puñado de personas específicas, de entre los miles de millones de internautas, lo lea. Si el lector no me conoce es muy probable que encuentre la entrada sumamente aburrida e irrelevante, y si me conoce, también. Aún así lo publico, en vez de simplemente tenerlo en formato físico, estampillarlo y enviarlo por correo a sus destinatarios, por la simple posibilidad de que alguien se pueda identificar aunque sea sólo un poco. No soy de los que escribe cosas personales y las publica, y no pienso empezar a hacerlo regularmente.
El viernes 22 de julio de 2011 tengo que salir de acá. He vivido y trabajado como voluntario en el mismo lugar desde hace unos diez meses y medio. He conocido gente, he mejorado el inglés, he tenido tardes que han parecido infinitas, con tiempo para meditar, con tiempo para perder. He ido a fiestas, he hablado sobre moda, política internacional, perros, gatos, discapacidad, sexo, dinero, literatura, cine, computadores. He dormido en el piso, en docenas de sofás diferentes, en la calle, en camas de hostales de mala muerte y en camas de sobra de casas pertenecientes a prácticamente desconocidos y a inmprácticamente amigos. He viajado en tren, en bus, en metro, a pie, en cicla, en carro particular, incluso en taxi. He tomado cerveza de seis libras esterlinas y de una, he visitado pubs, clubs y bars. Me he sentido solo en más de una ocasión, he extrañado a los míos en Colombia, he visto partir gente que sé que nunca más veré en la vida. He comido una papa gigante con frijoles y atún como almuerzo más veces de las que me hubieran gustado, y he dejado de desayunar por dormir diez minutos de más más veces de las que mi padres querrían saber. Me he ahogado en mi desorden, hasta el punto de empezar a limpiar por mi cuenta, un par de veces. He ido a lugares que me han sorprendido gratamente y a lugares de los que esperaba una grata sorpresa.
De los bafles del bus verde salía una melodía algo conocida: no need to hide, and cry, it’s a wonderful, wonderful life… Mientras, yo miraba por la ventana los campos, los pequeños montes de la campiña inglesa, las casonas, los árboles del camino. Al lado mío, Peter cantaba entusiasmado la canción, a veces confundiendo las letras, a veces simplemente adivinando. El bus paró. Al entrar en mi cuarto, el que ahora considero mi cuarto, vi la maleta que hace casi once meses había empacado en Bogotá. En el centro, rodeada por el desorden, abierta, rellena hasta la mitad con algunas de mis ropas, como esperando a ser desempacada, un recordatorio del poco tiempo que me quedaba. Ahí está, en este preciso instante, abierta de par en par, al lado de los afiches que traje para colgar y que nunca colgué, y del paquete vacío de Coffee Delight que traje para regalar y teminé devorando. Antenoche inscribí materias. Fue como un baldado de agua fría que me hizo caer en cuenta de que en poco tiempo iba a volver, que yo iba a ser esa persona que ellos no volverían a ver en la vida.
Tomé las llaves de la puerta con la mano izquierda y traté de girar la cerradura. Aunque soy diestro, siempre trato de tomar la bolsa pesada con el brazo izquierdo, abrir la puerta con la mano izquierda, dar más pasos con el pie izquierdo al subir la escalera. Al entrar el apartamento, mi mamá me saludó con una expresión que pocas veces había visto en su cara. Luego iría a descubrir la razón: una carta de confirmación. Viajaría a Inglaterra en poco más de medio año, en un programa de intercambio cultural. Mi cabeza se llenó de conversaciones imaginarias con extraños, imágenes de un Londres frío y oscuro, fiestas, conciertos, obras de teatro, convenciones de usuarios de Linux, horas en el gimnasio, viajes por Europa, verano, invierno, primavera, otoño. Los siguientes meses fueron eternos, meses de formación de filas, preparación de papeles para la visa, conversaciones eludiendo el tema con María, conversaciones acerca del tema con María, campamentos de preparación, alistar maletas, comprar regalos, salir un domingo por la madrugada, despedida, lágrimas, abrazos, sorpresas, fila, aduana, sello, avión.
Los sentimientos son encontrados, como esperé que fueran. Y cuando llegue a Bogotá entraré en mi cuarto, y veré mi cama, los cuadros en la pared, los afiches que puse poco antes de partir y que me van a parecer que nunca estuvieron ahí, el piano lleno de polvo a otro lado de la habitación, mi armario y adentro la ropa que decidí no traer. Saldré a dar un paseo por el apartamento y me encontraré de nuevo con los muebles de la sala, con la nevera, con los cuartos de las personas que me fueron a recoger al aeropuerto. Y cuando, depués caer dormido en la cama que una vez fue mía, despierte, murmuraré palabras en inglés acerca de mi sueño, buscaré el celular en la mesita de noche y sólo encontraré muro frío, exploraré con la vista nublada el techo en busca de las fotos de mi familia y hallaré que las caras mirándome serán las reales. Tal vez eso pase, o tal vez duerma y al despertar y ver mi cuarto no esté seguro, por varios minutos, de que lo vivido no fue más que un sueño, uno de esos sueños que solía tener semanas antes de venirme, acerca de cómo iba a ser todo.
Después de pasar una semana en el Festival de Edimburgo haré frente a mi futuro de nuevo en Colombia. Entraré a clases y me preocuparé por trabajos y parciales de nuevo. Volveré a esconder el celular cuando camine por la calle, haré fila en el Transmilenio para entrar a un bus en el que me es imposible leer, volveré a ojear en el periódico noticias de masacres y parapolítica, y una que otra nota que haga referencia a ese mundo en el que yo estuve viviendo alguna vez, ahora inalcanzable y no de mi incumbencia. Caminaré por la noche con un ojo en la espalda y no me atreveré de salir de las discotecas si no es en taxi. La cerveza volverá a valer mil quinientos pesos, las llamadas a celular trescientos y los corrientazos cinco mil. Es posible que, en la noche, depués de todo el ajetreo del día, me conecte a Facebook o Skype y lea con indiferencia fingida sobre las vidas de esos que conocí acá. Apagaré el computador y en algunas ocasiones, cada vez menos, soñaré con Inglaterra. Al despertar la vida continuará, y feliz me volveré a acostumbrar a ser amado por gente a la que puedo tocar con sólo extender la mano; entonces ya no extrañaré a los míos, y el riesgo que supondrá salir a la calle no será más que un costo insignificante comparado con los beneficios.
Simbita, el león de la foto, me ha acompañado a muchos de los lugares a los que he ido. En la imagen está conociendo la nieve a un nivel muy personal.

Desperté. Había sido un sueño de esos que me gustan, surreal, raro. Algo sobre algunos caballos galopando a toda velocidad sobre las aguas del mar, entrando a un barco por el costado de babor, subiendo unas escaleras y luego hablándome. Recordaba buena parte al escuchar el sonido que salía de algún lado sobre mi mesita de noche y me recuperó de entre los brazos de Morfeo. Abrí un ojo primero, busqué medio a tientas el teléfono celular y lo silencié. Abrí lentamente el otro ojo; la realidad se hacía más clara a medida que me limpiaba las lagañas y las lágrimas acumuladas debajo de mis párpados se retiraban con cada uno de mis perezosos pestañeos. Nueve de la mañana; tenía que estar listo y ensayando en media hora. Me imaginé a mí mismo en una hora, recitando en susurros pasajes de Shakespeare y estremeciéndome con las canciones que salían de la boca de una encantadora Miranda.
Aún con el teléfono en mano, oprimí con el pulgar derecho la apenas distinguible O roja dibujada en su pantalla. El navegador tardó un poco en abrir; al cabo de unos segundos me encontraba revisando Facebook. Dos mensajes. El usual de María; un zancudo había hecho su noche difícil una vez más. Otro, raro, en mayúsculas; debía haber sido algo grave, teniendo en cuenta el remitente. Aún con la modorra de la noche y debajo de las sábanas, leí. Acabaron de matar a alguien, decía. Un portero, al lado de la iglesia de Pablo VI. Mi sopor se desvaneció instantáneamente; casi saltando me senté en mi cama y leí de nuevo. Necesitaba más información, así que con la mayor velocidad que pude desplacé mis dedos por la pequeña superficie luminosa. El sitio web de El Tiempo; la noticia estaba en la página principal, tal cual me supuse. No mucha información, como es acostumbrado: el celador había intentado evitar un atraco cerrando una reja; los hampones, frustrados, le asestaron un tiro en la cabeza y huyeron en una motocicleta de alto cilindraje. Comentarios culpando al Polo, a Samuel, a Santos, a Uribe.
Un vídeo de Caracol Noticias. Algunos testigos siendo entrevistados, un reportero hablando calmadamente, un comandante de policía dando datos. Retratos hablados, investigaciones; percepción de seguridad, Polo, Samuel, Santos, Uribe; seguridad democrática, microtráfico de drogas, crímenes pasionales, bandas, atracadores, desmovilizados. Y al fondo, aparentemente sólo percibido por mí, invisible pero dando sentido a toda la escena, mi barrio. Esa misma puerta que cerró Sogamoso, el celador, me ha visto pasar incontables veces con destino al parque Simón Bolívar, al muro de tenis, a la biblioteca Virgilio Barco. Aquel suelo sobre el que cayó sin vida el cuerpo de Libardo ha sido testigo de besos, helados, cervezas, sudor, música, libros, bicicletas.
Aunque nunca conocí la pobre víctima, sí conozco a otros celadores del barrio. En alguna ocasión alguno me ayudó a librarme de un borracho molesto que nos perseguía a mis amigos y a mí. En otra, otro me condujo a un improvisado puesto de mantenimiento de bicicletas y sombrillas. Son gente de bien, no le hacen daño a nadie, aparte del ocasional galanteo con alguna de las empleadas de servicio del barrio. Tampoco se puede decir que es sólo culpa de ellos, de todas maneras. Y aunque nunca conocí la víctima, y aunque en Colombia se cometen asesinatos por docenas semanalmente, no pude evitar imaginarme a sus hijos, su esposa, sus hermanos; sus caras llenas de dolor al escuchar de la noticia de boca de algún compañero de trabajo de él, de un descorazonado corresponsal en una pantalla fría y gris, o simplemente no escucharla de nadie, sino de la ausencia de Libardo a la hora del desayuno.
No recuerdo momento alguno en los últimos años en que haya sentido tanta rabia, tanta frustración, tanta impotencia y, nuevamente, tanta rabia por los crímenes que desangran mi ciudad y mi país. Para ser honesto, lo primero que se me cruzó por la cabeza fue escribir al respecto. Desahogarme, decir que no era justo que mataran a alguien por hacer su trabajo, decir que antes me sentía seguro en mi barrio, que al cruzar las rejas dejaba de mirar hacia atrás; decir que mi familia, yo mismo incluso, había ido innumerables veces a esas horas de la noche a comprar leche, pan y huevos, y nunca habíamos sentido que eso era una amenaza para nuestras vidas. Ariel no iba a estar totalmente en La Tempestad en los ensayos, pero al menos físicamente tenía que cumplir.
Tal vez fue mejor no escribir en ese mismo instante: es posible que lo único que de mis dedos hubiera salido fuese un manojo sin forma ni sentido de improperios y boñiga verbal. Fui a los ensayos, aunque mi mente se encontraba a miles de kilómetros, al lado de un cuerpo gélido y rígido cubierto hasta la cabeza por una sábana en alguna morgue de Bogotá. Pero aún después de respirar en inglés antiguo y ventilar la ira, sentí la necesidad de saltar sobre el teclado e imprimir sobre los pixeles algo, lo que fuera. La rabia no estaba en la superficie sino en el fondo, analizada, desarmada, desmenuzada. Convertida en otra cosa, pero no destruída; incluso acá se dieron cuenta que algo no estaba bien, que por mi cabeza subdesarrollada pasaba algo, algo que, supuse, ellos no entenderían.
Imagen por mynameisgeebs

Hambre: por alguna razón saciarla, calmarla, destruirla, era más placentero en Italia. Por un extraño motivo los tomates, el pan, el salami o el queso sabían mejor en Venecia, entre la multitud de turistas de todas las latitudes, de lo que nunca antes me habían sabido. Puede que fuesen hechos con los mismos ingredientes y de la misma manera que en el resto del mundo, puede incluso que hubiesen sido importados; pero el hecho de no estar comiendo tomate sino pomodoro, no pan sino pane, y de ver las gondole pasar por debajo del Ponte dei Sospiri hizo que, de alguna u otra manera, la comida se me hiciera más deliciosa.
Venecia no es Italia: hay muchos turistas. Eso me dijeron en alguna ocasión cuando tal vez mencioné que iba a la bota. Pero me pareció que detrás de todos los turistas, oculta por las hordas de asiáticos que usan cámaras réflex digitales como si fueran iPhones, escondida tras los guías hablando a sus grupos en infinidad de idiomas no relacionados con el latín, se podía sentir un poco el alma de la ciudad, el día a día, el espíritu italiano. Tal vez me equivoque: después de todo nunca antes había estado en Italia, y sólo estuve por dos días.
Supongo que es algo que pasa en todas las ciudades turísticas. Una vez se logra mirar por debajo de las murallas de Cartagena, se descubre lo crudo de su realidad; después de mirar el Támesis desde una cápsula del London Eye, después de visitar el Big Ben y oírlo dar las doce de la noche dando paso a una nueva semana; después de posarse en el medio del Tower Bridge, justo ahí donde se abre, ya Londres no se siente como la ciudad megaturística que es, sino como el lugar donde viven millones de personas cuyas vidas transcurren como las de cualquier otra. Algunas de ellas conocidas por mí.
Aún así, aunque no estuve en Venecia más de lo estrictamente necesario para caminarla de un lado a otro, supe que estaba en Italia y traté de sentirlo. Y creo que lo logré. Porque a la hora de comprar los ingredientes de los panini me era más útil el español que el inglés. Por notar la existencia de aquellos callejones vacíos, detrás de los puestos comerciales y lejos de la muchedumbre, donde descansaban sin que nadie los viera los insumos de tienda tras tienda. Por escuchar tenderos cuchichear entre sí en un fluído italiano: hablar, gesticular, mover las manos airadamente, reír, callar, y por último dirijirse a nosotros con un sonoro “ciao, si?”.
Depués de que mis ojos se perdieran innumerables veces viendo el mapa del librito sobre Venedig que traíamos desde Viena, comprendí que memorizar los nombres de callejuelas no nos iba a ser de gran ayuda; nos encontramos en medio de lo que, supongo, podrían llamarse casas típicas venecianas, sin un turista a la vista. Eso pasó varias veces, momentos en los la única solución vislumbrable era caminar sin rumbo hasta encontrar algún letrero que dijera, por alguna buena suerte, Alla Ferrovia o Per Rialto. Eso seguramente nos iba a llevar a alguna calle principal, de nuevo inundada de visitantes y vendedores, y donde el inglés era de nuevo útil en algún sentido. Una vez allí, el librejo podía ser de alguna ayuda.
Sí, fue una experiencia de nunca olvidar, de repetir. Y luego de salir del shock que supone pagar alrededor de siete euros por un tiquete en bus (bus acuático, por entre los canales, sí, pero bus al fin y al cabo) miré fijamente la ciudad, como flotando suavemente sólo algunos metros sobre las aguas. Hermosa. Por alguna razón recordé aquellas tomas de la película de 2003 The League of Extraordinary Gentlemen que mostraban lo que supuestamente eran las profundidades de Venecia, debajo de la ciudad. Y, cuando al bajarnos del barco-bus en la parada más cercana a la Piazza di San Pietro lo primero que volví a escuchar fue el Attenzione! de los cargadores de alimentos que van y vienen de un lado a otro, halando y empujando carretas repletas de víveres, respiré profundo y eché a andar. Quanto costa?, pregunté entonces señalando una porción de pizza. Due Euro, me respondió una voz infinitamente más segura se sí misma que la mía. Sí, la pizza también supo mejor.